Lorenzo García Vega nació en Jagüey Grande, provincia de Matanzas, Cuba, en 1926. Es doctor en Derecho y Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana; en 1952 recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba. Entre sus últimos libros se encuentran: Poemas para penúltima vez 1948-1989 (1991), Collages de un notario (1992), Espacios para lo huyuyo (1993), Variaciones o como veredicto para sol de otras dudas (1993), Palíndromo en otra cerradura (1999), El oficio de perder (2004), Cuerdas para Aleister (2005). En la actualidad vive en Playa Albina, Miami.

 

No mueras sin laberinto
Lorenzo García Vega
Selección y prólogo: Liliana García Carril
224 páginas/ Poesía
isbn: 987-9108-17-5
$35

Qué se dijo sobre este libro

 

Leer la poesía del cubano Lorenzo García Vega –integrante más joven del mítico grupo Orígenes y miembro del consejo de redacción de la revista de ese mismo nombre, creada y dirigida por el no menos mítico Lezama Lima– es sumergirse en un labe-rinto, la mayor de las veces onírico, y dejarse llevar por el des-concierto que provoca la sorpresiva y extravagante asociación no sólo de imágenes sino de reflexiones. Su obra parece construida en el sentido arquitectónico, como un juego para armar pautado por observaciones minimalistas y recuerdos semejantes a piezas o cajas que se engarzan con la libre y rigurosa arbitrariedad de al-guien que descubre el orden que reside en el caos.
En No mueras sin laberinto se reúnen Vilis, publicado en París en 1998, Caminandito hasta estar sentado (1999, inédito) y Textilandia Albina (2004, inédito), los tres libros en su versión completa; y los poemas «Oyendo a Giacinto Scelsi» y «Mantras de Stockhausen» (2004, inéditos), con la intención de ofrecer a los lectores una muestra consistente de la notable producción de un poeta fuera de serie.
García Vega logró, como pocos, apropiarse de esos géneros literarios de los que las mujeres han hecho su patria –el diario íntimo y la autobiografía– y desbaratar varios mitos: provisto de Tom Mix y los vaqueros de las películas silentes y «el carajal de imágenes» de la infancia, el autor dice que quiso construir algo como una vanguardia personal. El lector que se interne en las páginas de este libro, en el tiempo sin tiempo de este único escritor-no escritor, comprobará que así lo hizo.


«Este libro es la imperfección literaria más convincente de este año. De él surge la mirada del lector como creador, lo cual acerca y mucho a cualquier noción de lector que se pueda tener a priori.»
Mario Arteca, La Capital, Rosario.

 

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© bajo la luna, 2007