Clarín, Revista Ñ, Sábado 8 de diciembre de 2007

Ricardo Rojas en busca de sexo
Aventuras narrativas de una poeta

Por Alejandra Rodríguez Ballester

Con un protagonista de sobrenombre Dick Red –Ricardo Rojas- la nouvelle “Nadie sabe adónde va la noche” de la poeta y narradora Beatriz Vignoli, asoma sus tapas de cautivfante diseño dentro de la colección “buenos y breves” de la editorial bajo la luna. Allí comparte vecindades con César Aira (“Diario de la hepatitis”, “Madre e hijo”) entre otros. Rosarinas tanto ella como la editorial, Vignoli echa a rodar a su personaje por el mundo de Atopia –allí tr4anscurre toda una saga- donde una fuente del Che desemboca en el bar Berlín y él se siente “un viejo tonto”, con su “sencillo deseo del sexo, forjado en siestas anteriores a Chernobyl y el Sida”. Una aventura sexual divertida y breve. ¡Salud!

 

Diario El Litoral, Suplemento de Cultura, Sábado 29 de diciembre de 2007

Los restos de la noche


Por Julio Anselmi



"Es casi una novelita de la vida real. La acción transcurre en una noche. Comienza cuando cae el sol del viernes y termina en el amanecer del sábado", resume a la/el reacia/o prologuista el autor de "Noctario", el en rigor de verdad su "Nadie sabe adónde va la noche", y menos que nadie el pobre Ricardo Rojas, el en primera persona vividor y narrador de la noche en cuestión.
Ya el nombre acosa a este escritor y profesor de Letras Inglesa y Norteamericana (I, especifica), como las iniciales deben acosar a la/el prologuista (de quien podría deducirse su carácter femenino en la indignación con que apunta los arrebatos misóginos de Rojas, pero, ¿por qué no suponer asimismo que B. V., en vez de Beatriz Viterbo, sea nuestro sensible y correcto Bautista Vicente?).
Acosan al narrador-autor su célebre nombre, lo acosan sus ancestros genocidas que encuentra cada vez que desenfunda un billete papel moneda, lo acosa su Gran Hermano (el "junco pensante" que lleva en las entrepiernas), sus dos fracasos amorosos, la independencia que emprende su hijo, su crisis de cuasi cincuentañero...
Con estas y otras cruces a cuestas, Ricardo Rojas, o Dick Redds, recorre los nocturnos "antros" (como al parecer los definió alguna popesa de la inteligentsia vernácula) de esa ciudad parecida a Rosario que se llama Atopia (pero que en verdad revela ser un lugar demasiado existente). Y las aventuras que encuentra van revelándonoslo y rebelándolo ante un mundo en el que sólo sobrevive un viejo amor.
Más que el antecedente que el autor insinúa a la/el prologuista B. V. (no confundir con la autora de notables libros de poesía, como "Almagro" o "Soliloquios"), el del "Ulises" de Joyce, con el cual comparte superficialmente el meticuloso seguimiento de las horas de un día (aquí, de una noche) y el paseo por distintos bares y consecuentes intoxicaciones, debería mejor acudirse a las novelas de Nabokov que giran en torno de algún desgraciado y no muy simpático literato, sólo que los campus y erudiciones varias son en Atopia diametralmente revertidos y resentidos: el profesor se encuentra con sus alumnos de Letras transformados en mendigos o barmen, y las galas literarias que se ostentan resultan muy degradadas o, en el mejor de los casos, remitidas a letras de canciones que B. V. se ve obligado/a a corregir en los pies de página. Además, hay que tener en cuenta que la universidad en la que Ricky ejerce es la Universidad Nazi-onal de Atopia.
Con una exquisita finura desgarbada, Beatriz Vignoli ha construido en "Nadie sabe adónde va la noche" una novela llena de ironía y sarcasmo (y tristeza), entretenida y audaz, fluida y suave, pero densa como los susurros de Leonard Cohen: "Y nadie sabe adónde va la noche/ Y nadie sabe porqué corre el vino".

 

Página/12, Radar Libros, Domingo 30 de diciembre de 2007

Las aventuras de Ricardo Rojas

Una nouvelle alucinada y vertiginosa de una poeta rosarina.

Por Sergio Kisielewsky


Nadie sabe adónde va la noche Beatriz Vignoli Bajo La Luna 96 páginas.
No es como dice el título. No es así. Aquí bien se sabe adónde va el texto. Parodias de la escritura: una mujer narra con la rabia de un hombre a punto de perderlo todo y llega a revelaciones sorprendentes (“Cuando entré a casa ya no era más un joven perseguido sino un viejo cansado y triste”). Con rigor, cerca de la perfección formal en hilvanar una trama plena de sentidos, la nouvelle trabaja la intimidad de un personaje a punto de estallar. Y si el recurso supone más de un riesgo, el trazo lo contiene todo. Hace púdico lo obsceno y vuelve el libro una huella a seguir.
Un profesor de la Universidad de Letras llamado aquí Ricardo Rojas (sic) es una suerte de analfabeto del amor. Alguien que de múltiples formas rechazó el contacto con el otro, en especial con las mujeres. “Me había liberado del deseo” se lamenta con laconismo. De pronto, se decide a tener una noche de pasión y es aquí donde la pluma de Beatriz Vignoli asombra.
Lo que ocurre es duradero pues cómo se cuenta es lo que resuena para siempre en el lector. Los diálogos, la atmósfera, los seres cerca de una barra tomando todo tipo de licores y sustancias; la noche con su vértigo desolador y sin frenos. Rojas se enamora en una noche lo que no pudo llevar a cabo en medio siglo de vida. En colectivos y lugares públicos se volverá un dandy de extramuros.
Vignoli, que es poeta y reside en Rosario (dos datos importantes en este contexto), domina el arte de la prosa, sabe qué hacer con una historia entre manos. El diálogo es su principal aliado y da sustancia a cada situación que se plantea.
Y si hablamos de poesía, toda la búsqueda de Rojas se sitúa en la belleza. El contrapunto con una florista, Miriam, su primer amor que aparece y se esfuma como una sombra constante. La escritura entonces se concentra en un dilema sobre los sueños, sobre los encuentros y aquello que nunca encajará del todo.
Rojas escala hasta erigirse en una suerte de coche bomba humano. Entonces Vignoli apela al humor, a construcciones y detalles que harán que la piedad se acerque bastante a la lástima por el personaje creado.
Un texto que encuentra la lengua en el deseo sexual, liberada, por fin del lenguaje. Una nouvelle donde la desesperación y el coraje se animan a contarlo casi todo.

 

Rosario/12, Miércoles 9 de enero de 2008

Un viaje hacia ningún lugar

Vignoli demostró a lo largo de su trayectoria sobrados talento e inteligencia para moverse con libertad y solidez en géneros diversos. Su última novela, como se lee en la contratapa, "es un secreto a voces en el ámbito de la literatura argentina".

Por Sonia Scarabelli

A poco de la publicación de su cuarto libro de poemas, Soliloquios (Huesos de Jibia, 2007), la polifacética Beatriz Vignoli (Rosario, 1965) vuelve a salir al ruedo, ahora con una nouvelle titulada Nadie sabe adónde va la noche, que integra la Colección buenos y breves del reconocido sello editorial Bajo la luna.
Vignoli, quien ha demostrado a lo largo de su trayectoria sobrados talento e inteligencia para moverse con libertad y solidez en géneros tan exigentes como la poesía, el ensayo y, por supuesto, la novela -entre otros-, da cuenta una vez más, con este libro, de las fundadas razones por las que su nombre -como reza en la contratapa del volumen- "ya es un secreto a voces en el ámbito de la literatura argentina".
En Nadie sabe adónde va la noche la autora vuelve a desplegar, además de una prosa intensa, precisa, siempre consciente de los ritmos que demanda lo narrado, y cargada de ironía, el paisaje inquietantemente cercano de Atopia, "ciudad familiar y decente ma non troppo", y escenario -pero sin duda también, personaje- de dos de sus novelas anteriores DAF (inédita) y Reality (EMR, 2004) que obtuvo hace unos años el segundo premio del "Manuel Musto".
Es en esta suerte de "tierra de nadie", fundada en un lugar -o en todo caso en un no-lugar- fronterizo entre realidad y ficción donde transcurre la travesía que "comienza cuando cae el sol del viernes y termina en el amanecer del sábado", relatada por él mismo en clave autobiográfica, de Ricardo Rojas -homónimo del primer gran historiador de la Literatura Argentina-, crítico literario, profesor de literatura inglesa y norteamericana de la Universidad de Atopia, y "héroe" atopiano por excelencia. La "casi novelita de la vida real" de Rojas, como su "autor" la define, se abre con un prólogo inédito, escrito a pedido de éste, y firmado por B.V., en el que, junto con una serie de guiños a la obra de la propia Vignoli, se inaugura la serie de otras tantas referencias a una tradición literaria más amplia, la cual opera, entre otras cosas, como vía indirecta para ofrecer al lector una primera y corrosiva semblanza de quien será su compañero de ruta en las páginas siguientes.
Atopiano hasta la médula, Rojas se lanza a un viaje crepuscular; el viaje de un "seductor" que, en concordancia con una nutrida literatura sobre el tema, se define a sí mismo como un "analfabeto afectivo" (con cierta reminiscencia kierkegaardiana, ya que para él, como para el Johannes de Kierkegaard, "el castigo tendrá un carácter puramente estético: [pues] un despertar resulta demasiado ético para su modo de pensar"; de hecho, Rojas escribe su "novelita").
Atrapado en una franja etaria que bordea la cincuentena, y cargando con la imagen de un bizarro primer amor, un divorcio y un hijo en plan de independizarse, se embarca en una búsqueda, al mismo tiempo calculada y desenfrenada, de la mujer ideal (aquella a la cual podría entregarse por fin), búsqueda que invariablemente lo conduce, por otra parte, a un reencuentro con los fantasmas de su pasado. En esa travesía de una noche, que adquiere rápidamente la connotación de un descenso a los infiernos, sazonada con la atonía atmosférica de las calles atopianas -pobladas mayoritariamente por tribus de chicas como salidas de un animé japonés y chicos "de veinte que querían parecer afroamericanos de veinticinco"-, se suceden para el protagonista los encuentros de pesadilla, propia y ajena, que preparan a su vez un jugoso final sabiamente administrado. Por allí desfilan, por mencionar sólo unos pocos ejemplos: una mendiga erudita capaz de lanzar citas de Shakespeare capciosamente modificadas, viejecitas en plan de conquista sexual, colegas desorientados y también "a la pesca", taxistas que saben lo que es un "perverso polimorfo".
Pero si hay algo que esos encuentros -combinados aquí y allá con reapariciones que se producen en un fino engarce de circunstancias, y abordados con un humor que más de una vez hiela la sangre- tienen en común, es que no se reducen a "movilizar la acción", sino que revelan la sincronía de lo narrado con una percepción de la desdicha y la soledad que excede la historia de Rojas, y tocan con cruenta determinación y de manera no menos irónica, una escena más global, arraigada en un colectivo cuya violencia se confunde perversamente con la apatía.
En definitiva, Nadie sabe adónde va la noche vuelve a hacer presente tanto el gusto de Vignoli por contar historias que atrapen en su calidad de tales, como su don para moverse en el filo entre lo real y lo ficticio, e impulsar siempre a sus lectores a dejar atrás cualquier tentación de refugiarse en un cómodo sitio de observador, exterior al relato. Por el contrario, nos urge a entrar de lleno en el instante gozoso, y más de una vez amargo, en el cual aquellos límites se borran y quedamos a la intemperie, sorprendidos en el acto de contemplar algo de nosotros mismos y de este a menudo confuso, ingrato, oscuro tiempo en que vivimos.

 

 

Perfil, Suplemento de cultura, domingo 20 de enero de 2008

Una burla de la masculinidad
Por Ezequiel Alemian

Ricardo Rojas, un escritor separado de cuarenta y pico de años, enfurecido por no tener almacenadas imágenes que lo ayuden a masturbarse bajo la ducha, sale un viernes a la noche a recorrer la ciudad de Atopia a la búsqueda de una mujer con la cual satisfacerse.
Valiéndose de este pequeño y prometedor núcleo narrativo, y escrita (salvo un breve prólogo) en la primera persona de Rojas, la novela de Beatriz Vignoli se burla despiadadamente de la masculinidad en general y de la masculinidad literaria en particular (si en algo se diferencian). Aunque también arremete contra conductas femeninas y costumbres de la sociedad contemporánea, Nadie sabe adónde va la noche es básicamente una novela que parodia una novela escrita por un hombre: de León Tolstoi en versión Bukowski a Washington Cucurto, pasando por W.H Auden, Joyce o el Céline con el que parece jugar el título, todos aquello para quienes “el culo es el centro del universo”.
Tal vez no sea descabellado suponerle una relevancia adicional al libro de Vignoli, en un contexto como el de la literatura argentina actual, donde cuarentones fascinados con su propia neurosis van de a poco ocupando el centro de la escena. Si así fuera, Nadie sabe… sería, antes que inaugural, un libro estratégico. Lo seguro es que se trata de una novela muy bien hecha. Tiene ese tipo de velocidad narrativa que se manifiesta como nunca en las novelas de Copi y se sigue, algo devaluado, en las peripecias de los personajes de César Aira por Rosario o Flores y en el deambular del mencionado Cucurto por Constitución.
Sin embargo, en la articulación de la anécdota, sencilla y lineal, hay una escritura casi constructivista, cruzada por líneas de fisuras, donde los elementos contiguos son extraños y se refractan y se fugan. Por momentos, las voces de Vignoli y de Rojas parecen superponerse, y por momentos parecen ser absolutamente irreconciliables. Más que escribir, Vignoli da la impresión de estar montando oraciones, como quien fabrica un cóctel molotov. “Yo hubiera querido poder amarte”, le dice al narrador su primera novia, treinta años después de haberla abandonado. “Desearía desear”, le revela Rojas a una puta. Ojalá todas las novelas fuesen por lo menos tan buenas como esta de Vignoli.




16 de febrero de 2008, Revista Noticias, Argentina
 
El recomendado
Por Elvio E. Gandolfo
 
Poeta, traductora y periodista cultural, Beatriz Vignoli también es narradora. A Reality –premiada en el 2004-, le sigue ahora esta novela breve, eléctrica y humorística. Con un prólogo irónico de B. V., cuenta el vagabundeo en busca de erotismo del profesor de literatura inglesa Ricardo Rojas (sic) por las calles nocturnas de Atopia –una reconocible ciudad de Rosario--. A pesar del sarcasmo de la “prologuista”, la primera persona de este veterano en estado de sequía sentimental usa el lenguaje con el buen humor, y la energía del viejo y querido Joyce. Hay adolescentes, prostitutas, travestis, hijos distanciados y taxistas cancheros. Elenco previsible, podría decirse, pero no narrado con este lenguaje desfachatado que, aquí y ahora, escasea en la narrativa argentina.



Domingo 24 de febrero de 2008, Suplemento Señales, La Capital, Rosario

Una fábula vertiginosa
Por Cristian Molina

Ricardo busca. Sí, por una de las calles de Atopia trata de encontrar el deseo, el goce del sexo o, en todo caso, la noche. ¿Pero adónde va la noche? Ya no lo sabemos. Algo buscamos en ella, sin embargo. ¿Satisfacernos? ¿Con qué? Nadie sabe adónde va la noche nos enfrenta a un personaje, Ricardo Rojas, que parece perderse en las luces metálicas de la noche en busca de complacer sus deseos más humanos y oscuros. Es el último libro de Beatriz Vignoli, polifacética escritora rosarina, de difundido reconocimiento y autora, entre otros, de los libros de poesía Almagro (2000), Itaca (2004), Antología poética (2004) y Soliloquios (2007), así como de la novela Reality (2004).

  En Nadie sabe adónde va la noche se acelera una prosa que enfrenta a Ricardo y a los lectores con los encantos y las decadencias, con las virtudes y los vicios, con los salvados y los hundidos de un mundo nocturno en plena diversión o, también, como él, en su búsqueda. Entonces, estalla la aventura porque, en apenas lo que dura una noche, el personaje se verá sometido a diferentes pruebas y peligros para hallar su tesoro: una mujer. De este modo, se nos hace participar, disfrutar, devorar y emborrachar con una cómica y seria aventura.

  Así es; cómica y seria por la ironía con la cual son absorbidos y tratados los personajes y el espacio de la historia: "Bienvenidos a Atopia, la inverosímil, donde los mozos y las floristas callejeras estudiaron literatura inglesa y los taxistas saben lo que es un perverso polimorfo". Lo que tiene de particular esta ironía, a la cual nos ha acostumbrado Vignoli desde sus escritos anteriores como Reality (Segundo Premio Manuel Musto de novela), es que uno nunca sabe si lo que se dice es sólo parte de la "inverosímil" Atopia o, como ella misma, también de nuestra ciudad y de nuestra realidad argentina y latinoamericana.

  Y eso se debe a que el juego que sostiene la trama del relato es el claroscuro. En efecto, porque Ricardo Rojas no es el escritor argentino, fundador de la primera cátedra de literatura argentina en 1912, sino "profesor de literatura Inglesa y Norteamericana I en la Escuela de Letras de la Universidad Nazi-onal de Atopia y autor, hasta donde puedo saber, de los sonetos en verso endecasílabo más interesantes de la primera década del siglo XXI". Ni tampoco Vignoli es la autora del libro, sino una prologuista que, al principio, se niega a cumplir ese rol, porque Ricardo le ha dicho que su novela es parecida al Ulises de Joyce y ella reconoce no estar a la altura de la tarea porque no ha leído la obra del bardo irlandés. Ni la novela es sólo una novela: "por su relato autobiográfico de las páginas siguientes". Menos aún, Atopia es pura invención: detrás de ella, o en sus bordes, o como una ruina inmensa, corroída y abrillantada en el acto de la escritura, está Rosario, sus calles, sus boliches, sus personajes.

  Las peripecias desbordadas de la aventura se conforman del encuentro con unos personajes que pertenecen a una ciudad donde lo grotesco y lo desopilante son lo cotidiano. Cada una de sus apariciones revela más y más la experiencia contemporánea de un cuarentón excluido de la diversión nocturna o al que le cuesta satisfacer su deseo, porque la mayoría de los espacios se hayan invadidos por seres extraños o por unos "extraterrestres" adolescentes "apocalípticos" que nada tienen que ver con él y con su cultura pasada de moda: "Vi más de lo mismo: chicos atopianos de veinte que querían parecer afroamericanos de veinticinco, con sus pantalones anchos de rappers, sus cadenas de plata de fantasía al cuello, sus pelos punk o sus buzos con la capucha puesta bajo sus gorras de béisbol al revés; chicas de la misma edad enfundadas contra el mundo en su vestuario paradójicamente seductor y cínico, esbeltas hasta lo evanescente como dibujadas todas por la misma mano japonesa de la industria del comic, y nada, nada más. Nadie más".

  En la zona de cruce entre lo real y la invención, de lo cómico y lo serio, Vignoli-Rojas nos ha entregado una novela multifacética, intensa y compleja, con sutilezas y significaciones que nos conducen a múltiples direcciones de lectura. Como el Aleph de Borges, ese puntito en un sótano oscuro, Nadie sabe adónde va la noche concentra en sí misma, de la manera más descabellada y perfecta, la experiencia nocturna de nuestro presente.

 

Sábado 5 de abril de 2008, ADN La Nación

La posibilidad de una vida

Por Carlos Battilana

Cada persona posee, al menos, un relato. Los avatares de una vida destilan una narración pulida acerca del significado del mundo. Nadie sabe adónde va la noche , el segundo texto narrativo de Beatriz Vignoli pone en escena un relato, el de un profesor universitario de literatura inglesa y norteamericana, Ricardo Rojas, que deambula por la imaginaria ciudad de Atopia un viernes por la noche hasta el amanecer. El personaje, que tiene cabal conciencia de su nombre cuenta, en vez de la historia de la literatura argentina, la historia de parte de su vida mediante la complicidad de la literatura, que lo ayuda a establecer comparaciones entre la existencia real y la imaginaria. Las alusiones al saber literario del personaje vuelven evidente el hecho de que sus acciones más descarnadas se desarrollan en su mente. El relato del protagonista propone que el paso de los años no otorga mayor sabiduría sino una suerte de despojo de proyectos inútiles y, sobre todo, una terrible tristeza. Poco a poco esta especie de conclusión o axioma vital se va deshilachando en tanto lo vemos actuar. En principio lo observamos como un sujeto liberado del deseo sin más convicción que la de proteger el espacio de su intimidad ("Yo ya no tenía ni necesitaba a nadie. Me había librado del deseo."). Sin embargo, con el resto de afán que le queda, Rojas inicia un pequeño viaje a través de la noche en el que ocurren aventuras con un conjunto de repentinos personajes. La presunción respecto de su distancia del mundo se derrumba cuando, movido por el deseo, intenta hallar una mujer que, luego comprendemos, se trata de la mujer de su vida. Definitivamente alejado de su ascetismo inicial, descubrimos un individuo atado a la preservación de una imagen que no quiere resquebrajar ("qué dirían mis alumnas, si me vieran"). La escritura se sostiene en el procedimiento de la ironía que desestabiliza la seguridad de todo enunciado. Sin embargo, tal procedimiento termina de agotarse por el peso contundente del relato cuando el personaje se resigna a asumir la clave de su propia vida. El texto se equilibra en tres planos que lo configuran: las acciones del personaje, su existencia imaginaria y un conjunto de referencias literarias que se articulan entre sí y que no solo interrogan acerca de la naturaleza de la escritura sino que responden que la única posibilidad de otorgar un sentido a los avatares dispersos de una vida, de cualquier vida, es la de poder construir una narración que la vuelva finalmente posible.

 

 

© bajo la luna, 2008